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Mi Perfil
Veronica Alimonda
Buenos Aires - Argentina
Un escritor tiene un oficio diferente, ni mejor ni peor que los demás, porque, como para todos los oficios, hay que tener capacidades, don y técnica. Es un "arte bello que tiene por instrumento la palabra", así como el pintor juega con colores y trazos, la bailarina con movimientos, y el compositor, con melodías, armonías y ritmos. Pero en lo que se refiere a las cualidades, uno no es más inteligente, más sensible, "más nada que nadie" por la condición de escribir. Al contrario, la escritura crea también una relación de deuda con los otros. Uno escribe a partir de una materia prima, de un barro elemental que es compartido por todos los humanos. Sin estos "otros" no habría qué escribir (bueno, tampoco nadie para leer). Mi ideal es que mis escritos den algo a los otros, que los conmuevan, los toquen, que se reconozcan en lo que dicen, o que les hagan sentir lo que nunca pensaron que podían sentir. Quiero que mi lector se permita reír, entender, aprender, conocer, llorar, despreciar, elegir, descubrir, soñar. Quiero que mi obra pueda llegar al corazón del que la lee. Que pueda descifrarla y que decida hacerla suya todo el tiempo que quiera. Y que una vez leída, quede en su interior, como un pequeño trozo de su esencia. Que la lleve consigo en el recuerdo y el anhelo de volver a ella cuando lo necesite.
En cada palabra que plasmo en el papel, en cada historia que relato y en cada minuto que dedico a escribir, deseo estar haciendo un aporte al infinito y fascinante mundo de las artes. Deseo estar dejando mi huella en este planeta. Deseo contribuir con el mismo respeto, con la misma vocación y con la misma entrega con las que han contribuido los grandes escritores que han existido en cada rincón del mundo. Los célebres, y los anónimos. Los populares y los desconocidos. Los que poseen en su haber innumerables obras y los que con una sola, hicieron historia. Los escritores que aún nos rodean y nos complacen con su presencia, y los que dejaron el campo sembrado y decidieron ir a descansar, y así pasar el mando a sus discípulos. Los escritores que tuvieron un maestro, y los que se lanzaron solos, sin armaduras ni espadas, a conquistar su propia gloria.
Pero por sobre todo, deseo poder escribir siempre. Deseo que nada me arrebate el amor ni las ganas de contar. Y que la muerte me encuentre con el dedo manchado en tinta y la dicha de haber realizado mi anhelado aporte.
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Rosas Rojas para Doña Magdalena
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Últimos comentarios de este Blog

17/02/08 | 06:59: Adriana dice:
Querida Veronica: Me alegro por tu interes en la literatura. Te doy mi apoyo entusiastico. Continua escribiendo y creciendo cada dia como poeta y escritora literaria. Adriana Husta (PEN Women)
29/01/08 | 12:28: Virginia dice:
¿Tenés dudas de a cuál votaré? No, ¿no? Me gusta todo lo que escribís. Seguí. No pares. No dejes de contar. Sos entretenida, ingeniosa y divertida. XOXO
29/01/08 | 05:00: Liliana PETERS dice:
Que puedas continuar desarrollando este hermoso talento que, afortunadamente o gracias a Dios, has podido descubrir y lo llevas a la práctica tan bien. Cada texto tuyo invita a seguir leyendo así que espero puedas compartirnos muchos más.Te felicito!!!!!!!
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La historia de mis antepasados
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Argentina, un espacio para hacer

La autora se desliza a lo largo de estas páginas atravesando una notable diversidad de tem... Ampliar

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veronica alimonda


"Escribir es la manera más profunda de leer la vida" dijo alguna vez Francisco Umbral, un escritor español nacido en 1935. Y esa es la definición que más me gusta. Relacionar la escritura con la vida, con la profundidad, con lo trascendente.

Ojalá en este humilde rincón logre que cada lector que elija mis escritos pueda "leer" en ellos un poco de su propia vida, un capítulo que los identifique, que los inspire, y que, por sobre todo, los conmueva.



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Rosas Rojas para Doña Magdalena



La Doña se duerme llorando todas las noches. Ella no sabe que yo sé. Cree que ya estoy acostada. Pero no. Antes de cerrar los ojos, subo a ver si está todo bien cerrado, a chequear que el perro no se haya metido en el cuarto de la tele y a preguntarle a la señora si necesita algo. Y cada vez que estoy por golpearle la puerta, la siento sollozar. Me da mucha pena, porque entiendo lo difícil que debe ser para ella encontrarse sola después de tantos años. El señor Fernando es bueno y, aunque no sé porqué se separaron, supongo que no debe ser lo mismo encontrarse de nuevo con la pareja, una vez que los chicos se van. Uno está tan acostumbrado a hacer girar sus días en torno a sus hijos, que cuando “el nido se vacía”, y sólo quedan dos, no para todo el mundo es un nuevo comienzo, sino un final anunciado.

Siempre se quisieron. Ella siempre lo cuidó y lo atendió como una buena esposa, y él se encargó de que nunca le faltara nada, ni tampoco a los tres varones . El Patricio fue el último en irse, y la doña lloró mucho el día que “el Negro” –como le dicen- metió sus cosas en unas cuantas cajas y valijas y se fue a vivir con la novia. Ahora quedamos las dos solas. Nos hacemos compañía. Antes, a la hora de la cena, los señores comían en el comedor y yo, sentada en la mesada de la cocina. Pero ya no. A partir de la noche en que el señor Fernando se mudó, comemos las dos en el cuarto de la tele, mirando el noticiero o alguna película. Eso me gusta, porque nunca un patrón me invitó a acompañarlo a comer, mucho menos a la cena. A veces, cuando termino temprano con mis tareas, y salgo a pasear a Loco por el country, Doña Magdalena me acompaña. Hablamos mucho, y me cuenta que se siente sola y que está contenta de que yo la escuche. Y suele pasar que se le caen algunas lágrimas hablando del señor.
Es que las “amigas”, aquellas de las buenas épocas, fueron desapareciendo de a poco.

- Señora, no se ponga así, que llorar reseca el corazón- le digo para animarla. -Don Fernando la quiere, trate de pensar que esto es pasajero. Ya se va a solucionar todo.

Pero la señora niega con la cabeza que eso sea posible

- No, Lourdes. No entendés. No es tan simple. Fernando ya no me quiere como antes. Se aburrió de mí.
Y llora. Siempre llora.

Yo la entiendo más que nadie. A mí me pasó algo parecido. Me vine de mi casa a trabajar de jovencita y, cuando volví, después de algunos años, el Rulo ya me había olvidado. Siempre fue un “picaflor”, pero pensé que conmigo era diferente. Como en el libro que leí, aquel que me prestó uno de los chicos, el del Principito que quiere “domar al zorro”. Pero no es así. No se puede amaestrar a los hombres, y lo digo desde la experiencia. Trabajé en muchas casas durante los últimos quince años, y en casi todas, los señores terminaron separados.

Sin embargo, hay algo que a Doña Magdalena la pone feliz de a ratos. Y es el ramo de rosas rojas en la puerta de la casa. Entra con una sonrisa escondida detrás de las flores escarlatas mientras lee la notita que nunca me muestra. Lo único que me dice es que es un admirador secreto, seguramente algún señor del country que está solo y a quien le gusta. Se sonroja, y durante el resto del día no hace más que tararear canciones y sacar los yuyos del jardín. Se arrodilla sobre el césped y, con sus gruesos guantes, remueve una a una las malezas, como quien busca arrancar de cuajo lo que contamina su alma rota.

- Ese señor, el de las rosas rojas… - dice en un suspiro, mientras escarba la tierra húmeda con su palita. -Un hombre que deja flores a una mujer, es un caballero. Como lo era Fernando cuando estábamos juntos- dice, y los ojos se le humedecen. -Ese hombre va a ser mi salvación. Ya vas a ver, Lourdes… Ya vas a ver...

Lo que la señora no sabe, es que yo sé quién es el de las rosas rojas. Lo veo llegar tempranito a la mañana, antes de que salga el sol, mientras preparo el desayuno y tiendo la mesa. Algunas veces, cuando se da cuenta de que lo miro desde la ventana de la cocina, me sonríe con complicidad y apoya el dedo sobre sus labios, pidiéndome discreción. Asiento con la cabeza mientras apoya el arreglo de flores sobre el tapete y se va en silencio, tal como llegó. Nunca dije nada. Soy muy reservada. Y a veces, cuando llama a la casa y pregunta por la señora, me agradece el gesto.

- De nada, Don Fernando. Su secreto está bien guardado.

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